Noche perpetua.

Cuando muere el eco de la duodécima campanada el silencio se adhiere a los muebles viejos como una capa de olvido más. Las ventanas rotas parecen refrenar el aullido del viento, el metal ennegrecido no tintinea, la madera podrida no cruje. Todo el desván parece contener el aliento, expectante, hasta que la tensión se resquebraja al comenzar el balanceo de la cuna.

La vieja cuna oscila lentamente en un rincón, quejumbrosa, sin una mano que la empuje. Pero sólo es en apariencia. A veces es el pequeño, intentando conciliar el sueño, quien provoca el vaivén; otras, como ahora, es la propia cuna, compadecida, quien decide mecer al chiquillo.

Inmerso en la negrura, el niño pasea sus manos frente a las pupilas insomnes, con la esperanza de que el alba le permita atisbarlas y así poder abandonar la cuna. Pero sigue sin distinguir nada y, una vez más, se pregunta cómo es posible que la noche dure tanto.

Al principio intentó combatir el desvelo contando ovejas, hasta que tuvo que inventar los nombres de los números. Entonces, se narró todos los cuentos que conocía, hasta que una historia de miedo lo dejó hecho un ovillo, asustado. Desde ese momento se limita a mecerse mientras, en voz baja y con la garganta dolorida, se canta nanas o tararea canciones infantiles. Pero dormir continúa siendo un sueño lejano.

Cuando sus pensamientos vagan sin rumbo asaltan su mente imágenes del comienzo de la noche, visiones que se confunden con sueños, espejismos de la duermevela. Su padre, con la camisa del pijama manchada, se asoma al borde de la cuna, mirándolo con los ojos muy abiertos. Su madre, muy pálida, con gritos desgarrados, se aferra al brazo de su marido intentando en vano sujetarlo. Recuerda sentir el aliento del hombre sobre el rostro. Después, frío y silencio.

La mujer arrastra el carro de la compra junto a la verja oxidada, intentando acelerar el paso para alejarse, mientras clava la mirada en las hendiduras de las losetas. Pero sus piernas ya no son aquellas que correteaban hace décadas por esa misma calle y tiene que detenerse junto al descuidado jardín para recobrar el aliento. Tras los árboles muertos, al final de un sendero cubierto de maleza, La Casa se yergue, abandonada y amenazadora.

Era pequeña cuando sucedió todo, pero es imposible olvidar la tristeza de un barrio entero envuelto en una búsqueda infructuosa y macabra. Se enterró a la madre, un guiñapo sanguinolento, entre llantos y puños apretados. Uno a uno, tres pequeños ataúdes cerrados encontraron reposo. Al padre se le incineró, quizás para borrar todo rastro de su existencia.

El director del colegio encontró los cuerpos, preocupado ante la ausencia continuada de los tres alumnos. Primero halló a la madre, con decenas de cortes, sobre un charco de sangre en la cocina. Corrió hacia los dormitorios para descubrir a los hermanos, dos niños y una niña, estrangulados en sus camas revueltas. La cuarta cama, de un chiquitín que aún no iba al colegio, estaba también deshecha. Deshecha pero vacía.

Fue la policía la que encontró al padre ahorcado de una viga en el desván, cubierto de sangre de la madre. Había huellas rojas de sus manos en cada pared y en cada mueble, un camino escarlata que acababa en una cuartilla de papel bajo la sombra de sus pies. La nota sólo recogía una palabra: “Escapar”.

La búsqueda del niño fue abandonada a las pocas semanas. La improbable explicación oficiosa describía al niño huyendo en pijama, en mitad de la gélida noche, hasta precipitarse a un pozo o toparse con otro monstruo. Oficialmente desaparecido.

Tras fijar su mirada durante unos segundos en la ventana del piso superior la mujer nota cómo se le eriza el vello tras la nuca. Todavía sin resuello, prosigue su camino temblando, encogida y sin mirar atrás, esperando un golpe que no se produce.

Si hubiera podido asomarse al jardín habría visto a una anciana meneando la cabeza, con la vista clavada en el cristal quebrado de la ventana. Pero no se moverá hasta que despunte el día, no sea que su padre se vuelva a enfadar con él. Aunque, en realidad, no recuerda qué pudo hacer la primera vez para provocar su irritación. Entrelaza las manos y, una vez más, comienza a tararear bajito. Seguro que pronto amanecerá, se dice.

En un desván de tu ciudad un niño estrangulado por su padre sigue viviendo una perpetua noche de insomnio, amortajado dentro del colchón de una vieja cuna.

#historiasdemiedo

Escrito por CalcetinConOjos

CalcetinConOjos

Un calcetín no se pierde, encuentra su propio camino. Desde tiempo inmemorial los calcetines con ojos explicamos con palabras sencillas los misterios del universo. Con paciencia y sin miedo a nuestros archienemigos, los tomates.

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