231 días para la media maratón. Sucedió en la consulta.

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Después de más o menos 20 días sin hablarte de entrenamientos, te cuento mi experiencia con el test de esfuerzo y la visita a mi médica de cabecera con los resultados. Te dejo con la narración de la persona que lo vio todo desde fuera. Yo como paciente sentí que me estaban tomando un poco el pelo, la visión de mi acompañante confirma mi sensación.



Cuando no tienes un seguro médico privado uno se resigna a abandonar la sanidad pública en casos puntuales. Específicamente, cuando los servicios que demandas no te los proporciona la seguridad social o la lista de espera hace que la respuesta sea más larga de lo esperado. Parece que las lesiones deportivas son un terreno abocado a la consulta privada, pero esa discusión se podría dejar para otra entrada.

Recientemente he vivido el surrealista episodio de buscar cómo hacer un test de esfuerzo. A partir de una búsqueda en Internet contactamos con un centro médico que nos informa de los precios y de que basta con llamar la semana de antes para conseguir cita.

La segunda llamada al mismo centro fue menos exitosa. El teléfono al que llamamos la primera vez no era el de cardiología, sino el de otra especialidad. Te dan un nuevo teléfono, llamas, y la persona que te atiende parece que cumple su primer día, probablemente no en el trabajo, sino en el planeta. Diálogo de besugos “no somos, sí somos, no somos”. Al final, la alienígena pasa el teléfono a alguien más asentado y te dan cita el miércoles por la tarde “porque es el único día que coinciden el cardiólogo y el médico deportivo”. Porque sí, el pack incluye reconocimiento más ergometría, que es como se llama la prueba de esfuerzo. 100 euros del ala, pero bueno, mejor saber si uno puede hacer deporte en condiciones de seguridad antes de que pase nada.

La recepcionista te pide los datos personales y te hace firmar el consentimiento para recabarlos. Ilegalmente irreprochable el documento, muy bien. Posteriormente te pasa a que te reconozca el doctor deportivo.

Y aquí es cuando uno se indigna. El doctor, ya entradito en años, y lo dice uno que frisa la cuarentena, parece ser médico deportivo porque hace años corría maratones. De acuerdo, yo soy un informático deportivo. Y el descapotable de carreras de Benzemá será un deportivo deportivo deportivo, por consiguiente.

 El doctor (es indudable, lleva una bata impolutamente blanca, ergo, es médico) empieza a preguntar de nuevo los datos del paciente. Los mismos que hemos dado hace cinco minutos. A ver, ¿entonces? Una sospecha empieza a fraguar: pregunta para hacer tiempo, para llenar el hueco y justificar que la consulta tuvo lugar y duró x minutos.

Guardados los datos (probablemente en el bloc de notas, o puede que en el Paint) parece que va a entrar en temas médicos. Comienza con una serie de preguntas tópicas (según la tercera acepción de la RAE: “De uso externo y local”), es decir, superficiales. Yo creo que, puestos a llenar el hueco, lo mejor es dejar que el paciente cuente su caso, que al final te cogen hablando sin decir nada. Claro que a veces se me olvida que la picaresca implica cierta inteligencia. En fin, lo interrumpimos y le contamos el motivo de la consulta, que lo mismo es útil conocer los síntomas para hacer el diagnóstico.

Traza una línea horizontal a boli en el folio usado que tiene sobre la mesa y anota lo que le hemos dicho. Supongo que la línea es para que no se mezclen los datos de los pacientes, aunque yo recomendaría algún tipo de referencia a las identidades de los mismos, para saber quién es quién, por lo menos. Claro que si hiciera eso habríamos podido identificar al paciente anterior, cuyas anotaciones están en la parte superior del folio: bien pensado, bien pensado.

Utiliza varios fonendoscopios para detectar los pulsos. Pecho, espalda, corvas. Incluso en la muñeca utiliza uno digital, tan digital como que son sus propios dedos sobre la muñeca. Y entonces amortiza los años de carrera y el detergente usado para blanquear la bata con una palabra: “extrasístoles”. Interesados, reiteramos que los que nos lleva ahí son los efectos del deporte: pulsaciones muy altas, cansancio post-ejercicio. ¿Qué efecto tienen las extrasístoles?

-¿Pulsaciones altas? ¿Cuántas? -pregunta.

-El entrenamiento lo tenemos fijado para no superar las 150 al correr -respondemos.

-150 son pocas -dice dando la vuelta al folio.

Pregunta la edad (calcularla a partir de la fecha de nacimiento recién suministrada es un gasto de neuronas) y empieza el cálculo de las pulsaciones máximas. Calcula que 180 pulsaciones, es decir 220 – 40 años. Le pregunto que por qué usa 220 pulsaciones en lugar de las 230 asignadas habitualmente a las mujeres y dice que porque lo prefiere. No podría asegurarlo, pero me parece a mi que es para no tener que memorizar dos números diferentes.

Tras un par de intentos (me parece intuir el atormentado grito de dos neuronas) completa la regla de tres: 150 pulsaciones suponen apenas el 60%, puedes dar más de ti.

-Esto, a mi me sale que 150 son el 83% de 150 -replico con el cálculo en el móvil recién hecho.Usted lo ha calculado sobre 220, no sobre 180.

Lo admite y va llenando el folio con cálculos y más cálculos. El rebaño de neuronas, que pastaba feliz hasta hacía unos momentos, siente la presión del depredador de la sabana: las matemáticas. Tras varios intentos fallidos y un folio utilizado en cálculos erróneos, el rebaño vence por insistencia. Por fin, sus cálculos coinciden con los míos. Es verdad, 150 son muchas.

Sale entonces fuera del despacho. Oficialmente, a ver si ha quedado libre la máquina; extraoficialmente, a hacer recuento de neuronas, llamándolas por su nombre. En su ausencia, hacemos una puesta en común acerca de su ineptitud y lo bautizamos como Batablanc, el doctor de la Cámara de los balones. Calma, hemos venido por la prueba de esfuerzo, este hombre no es más que un obstáculo en el camino.

Por desgracia, para él y para nosotros, la máquina está ocupada por el momento, así que tenemos que aguardar. Como no puedo estar callado, ya que estamos, y que nos va a cobrar 100 euros, qué demonios, le cuento que yo tengo bradicardia cuando me excedo con el deporte. Lo dejo caer a ver si me dice algo: es normal, es raro, en una de éstas te zombificas, cualquier cosa.

Pero guarda silencio, sin responderme. Ni si quiera me mira, mantiene la vista perdida en el infinito con cierta sensación de cabreo. Tengo la sensación de que mi pregunta le ha molestado, como si estuviera abusando por pedir dos diagnósticos. También puede ser que justo ahora haya caído en por qué aquella novia de juventud tenía nuez.


Mi turno para hacer el test de esfuerzo había llegado. Te lo cuento, pronto, en otro post para no alargar este demasiado.

Si yo puedo

Escrito por Deportes con mmbits

Deportes con mmbits

mmbits cual deportista patata, entrena como y cuando puede. Lucha contra sus dos grandes enemigos, la pereza y las temperaturas extremas.

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